La krakatita
La krakatita —Disculpe —se excusó el caballero, abrazándolo blandamente alrededor de la cintura; y antes de que Prokop pudiera siquiera derribarlo, le apretó la trabilla del chaleco, se echó hacia atrás y con la cabeza inclinada hacia un lado examinó el talle de Prokop—. Asà es como tiene que estar —observó con total satisfacción, e hizo una profunda reverencia—. Tengo el honor de despedirme de usted.
—Vete al cuerno —gritó Prokop mientras Drehbein se marchaba—, mañana ya no estaré aquà —terminó para sà mismo, tras lo cual, airado, repasó la habitación de uno a otro rincón. «Al carajo. ¿Es que esta gente cree que me voy a pasar aquà medio año?».
En ese momento llamaron a la puerta y entró el señor Carson con cara de inocente. Prokop se detuvo con las manos a la espalda y lo miró de arriba abajo con ojos sombrÃos.
—DÃgame —dijo con brusquedad—, ¿quién es usted en realidad?
El señor Carson ni siquiera pestañeó, cruzó los brazos sobre el pecho y se inclinó como si fuera un turco.
—PrÃncipe Aladino —dijo—, soy un genio, tu esclavo. Dame una orden, cumpliré todos tus deseos. QuerrÃa dormir, ¿eh? Bueno, su señorÃa, ¿le gusta esto?