La krakatita
La krakatita —Una barbaridad —opinó Prokop con amargura—. Tan sólo me gustarÃa saber si estoy prisionero, y con qué derecho.
—¿Prisionero? —se asombró el señor Carson—. Por dios, ¿es que alguien le ha impedido el paso al parque?
—No, del parque al exterior.
El señor Carson meneó la cabeza compasivo.
—Qué desagradable, ¿no? Siento muchÃsimo que no esté a gusto. ¿Se ha bañado en el estanque?
—No. ¿Por dónde se sale?
—Dios mÃo, por la puerta principal. Todo recto y después a la izquierda…
—Y allà se enseña el pase, ¿no? Sólo que yo no tengo ninguno.
—Es una pena —observó el señor Carson—. Los alrededores son muy bonitos.
—Sobre todo muy vigilados.
—Muy vigilados —asintió el señor Carson—. Lo ha expresado a la perfección.
—Escuche —explotó Prokop, hinchándosele la frente por el enfado—, ¿cree que es agradable encontrarse cada diez pasos con una bayoneta o una alambrada?
—¿Y eso dónde? —se extrañó el señor Carson.
—Por todas partes en los lÃmites del parque.