La krakatita
La krakatita Prokop miró con repugnancia hacia el patio, donde un joven medio desnudo, sangrando por la boca y la nariz, gimiendo de dolor y de rabia, se abalanzaba una y otra vez sobre su rival, mayor que él, para salir volando al instante, aún más ensangrentado y en un estado aún más lamentable que antes. Lo que le repugnaba especialmente era que además divisó al anciano prÃncipe en una silla de ruedas, riéndose a pleno pulmón, y a la princesa Wille, charlando tranquilamente con un adonis estupendo. Finalmente Egon cayó a la arena, totalmente aturdido, y dejó que le acabara de sangrar la nariz.
—Bestias —farfulló Prokop dirigiéndose a nadie en concreto y cerrando los puños.
—Aquà no puede ser usted tan sensible —le informó Carson—. Fuerte disciplina. Una vida… como en el servicio militar. No mimamos a nadie —resaltó con tanto énfasis que parecÃa una amenaza.
—Carson —dijo Prokop muy serio—, ¿estoy aquÃ… en cierto modo… encarcelado?
—¡Qué va! Está simplemente en una empresa vigilada. Estar en una fábrica de pólvora no es como estar en el barbero, ¿verdad? Tiene que adaptarse.
—Me iré mañana —reventó Prokop.
—Jaja —rió el señor Carson dándole unas palmaditas en el estómago—. ¡Es un bromista fabuloso! Entonces nos acompañará esta noche, ¿eh?