La krakatita

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Una noche hubo en palacio una soirée de gala; pues bien, para aquella velada Prokop preparó su coup. La princesa estaba con un grupo de generales y diplomáticos cuando se abrió la puerta y entró (sin muletas) el prisionero rebelde, honrando por primera vez el ala perteneciente al príncipe con su visita. Oncle Charles y Carson corrieron a su encuentro; la princesa, por el contrario, tan sólo le echó una rápida mirada inquisitiva por encima de la cabeza del embajador chino. Prokop pensó que se acercaría a recibirlo; pero cuando vio que se paraba a hablar con dos señoritas algo mayores escotadas hasta el ombligo, se malhumoró y retrocedió hasta un rincón, poco dispuesto a inclinarse ante las extraordinarias personalidades a las que lo presentaba Carson con el título de «célebre erudito», «nuestro famoso invitado», etcétera. Por lo que parecía, el señor Carson se había hecho cargo allí del papel de Holz, porque no se apartaba de Prokop ni un paso. Cuanto más tiempo pasaba, Prokop se aburría con mayor desesperación; se abrió camino hasta un rincón y maldijo al mundo entero. La princesa estaba hablando entonces con unos gerifaltes, uno de ellos era incluso almirante y el otro un pez gordo extranjero; la princesa miró apresuradamente hacia el lado en el que se encontraba, ceñudo, Prokop, pero en aquel momento se acercó a ella un heredero de cierto trono desaparecido y se la llevó al extremo opuesto.


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