La krakatita

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—No lo conseguiré —refunfuñó Prokop, pero la princesa levantó las cejas de un modo tan… tan autoritario… Prokop se levantó y agarró la botella por el cuello. Estaba de pie, inmóvil, no se retorcía por el esfuerzo como todos los demás; sólo se le hinchaba la musculatura de la cara, que parecía a punto de estallar. Parecía un hombre primitivo preparado para matar a alguien con una maza corta: ceñudo, con la boca torcida por el esfuerzo y el rostro como atravesado por gruesos músculos; la espalda encorvada, como si fuera a blandir la botella en un ataque propio de un gorila; los ojos, inyectados en sangre, fijos en la princesa. Se hizo el silencio. La princesa se incorporó con la mirada clavada en él; los dientes apretados tras unos labios tensos, en su rostro aceitunado resaltaban los tendones, fruncía el ceño y respiraba con agitación, como por un terrible esfuerzo físico. Así, de pie, frente a frente, con los ojos clavados el uno en el otro y el rostro crispado, como dos feroces adversarios, las convulsiones recorrían simultáneamente sus cuerpos, de la cabeza a los pies. Nadie se atrevía siquiera a respirar; tan sólo se oía el ronco carraspeo de dos personas. Entonces algo crujió, reventó el cristal y el culo de la botella tintineó hecho pedazos en el suelo.

El primero que se recuperó fue mon oncle Charles; dio un paso titubeante a la derecha y otro a la izquierda, pero después se precipitó hacia la princesa.


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