La krakatita
La krakatita —Sencillamente… lo haré yo solo. Lo llevaré en mi propio coche y… a mà no pueden retenerme aquÃ, ¿entiende? Lo demás lo resolveremos más tarde. ¿Cuándo quiere marcharse?
—Disculpe, pero no quiero marcharme de ningún modo —respondió Prokop con seguridad.
—¿Por qué? —espetó oncle Charles.
—Ante todo… no quiero que usted, mon prince, se arriesgue de semejante forma. Un hombre de su reputación…
—¿Y en segundo lugar?
—En segundo lugar, empieza a gustarme estar aquÃ.
—¿Y algo más?
—Nada más —sonrió Prokop, y soportó la mirada escrutadora, seria, del prÃncipe.
—Escuche —dijo oncle Rohn tras un instante—, no querÃa decirle esto. Dentro de uno o dos dÃas será trasladado a otro sitio, a una fortaleza. TodavÃa acusado de espionaje. No puede usted imaginarse… ¡Amigo mÃo, huya, huya rápido, ahora que aún hay tiempo!
—¿Es eso cierto?
—Palabra de honor.
—Entonces… entonces le agradezco que me lo haya advertido a tiempo.
—¿Qué va a hacer?