La krakatita
La krakatita Prokop se dio media vuelta y fue a palacio. Dos ayudas de cámara que se encontraban en el pasillo se desperdigaron al verlo y se pegaron a la pared horrorizados, dejando pasar sin decir palabra al chirriante invasor armado. En el gran salón estaba reunido el consejo; oncle Rohn se paseaba cariacontecido, los familiares de mayor edad estaban terriblemente indignados ante la perversidad de los anarquistas, el obeso cousin callaba y otro caballero proponía acalorado que se mandara directamente al ejército contra aquel desequilibrado: o se rendía, o lo acribillarían a tiros. En ese momento se abrió la puerta y Prokop, tintineando, entró en tromba en el salón. Buscó con la mirada a la princesa: no estaba allí. Y mientras todos quedaban petrificados por el miedo y se levantaban esperando lo peor, dijo a Rohn con voz ronca:
—Vengo a decirles que al sucesor no le ocurrirá nada. Ahora ya lo sabes. —Hizo una inclinación de cabeza y se alejó con vigor, como la estatua de un comendador.