La krakatita
La krakatita Entretanto Prokop doblaba con los dedos una cucharilla metálica.
—¿Para qué es eso? —preguntó ella con curiosidad.
—Se me han acabado los clavos —rezongó—. No tengo con qué llenar las bombas. —Echó un vistazo a su alrededor buscando algún objeto de metal. Entonces la princesa se puso de pie, se sonrojó, se quitó apresuradamente un guante y se sacó de un dedo un anillo de oro.
—Coge esto —dijo en voz baja, totalmente ruborizada y bajando la mirada. Prokop lo aceptó estremecido; aquello era casi una ceremonia… como unos esponsales. Vaciló mientras sopesaba el anillo en la palma de su mano. La princesa alzó los ojos hacia él con una pregunta insistente y fervorosa; Prokop, muy serio, asintió y colocó el anillo en el fondo de una caja de latón.
Oncle Rohn guiñó con preocupación y profunda tristeza sus ojos aviares de poeta.
—Ahora podemos irnos —murmuró la princesa.