La krakatita
La krakatita —¡Cómo puede ser, cómo puede ser —crujió Prokop los dientes—, que incluso ahora te amo! —Con sus extrañas zarpas la arrancó de la pared y la estrechó en sus brazos. Ella se sacudió con tanta violencia que, si él se lo hubiera permitido, se habrÃa arrojado al suelo. Pero Prokop la agarró aún más firmemente, tambaleándose por la salvaje resistencia de la princesa. Se retorcÃa con los dientes apretados y las manos, crispadas, pegadas al pecho; el cabello, que ella mordÃa para acallar un grito, caÃa sobre su rostro; apartaba a Prokop, doblada por la cintura y revolviéndose como si sufriera un ataque de epilepsia. Aquello era absurdo y monstruoso. El único hecho del que era consciente Prokop era que no podÃa dejarla caer al suelo ni tumbar una silla, y que… que… ¿Qué harÃa si se le escabullera?… Seguramente se le caerÃa la cara de vergüenza. La arrastró hacia sà y hundió los labios en su melena suelta: encontró una frente afiebrada. La princesa apartó la cara con repugnancia e intentó desesperadamente aflojar las tenazas de los brazos de Prokop.