La krakatita
La krakatita Comenzó a tambalearse como si fuera a caer. En ese momento la princesa pudo zafarse de él, braceando en el vacío; entonces giró la cabeza, se echó el pelo hacia atrás y le ofreció sus labios. Él la tomó en sus brazos, rígida y pasiva; besó su boca cerrada, sus ardientes mejillas, su cuello, sus ojos. Prokop sollozaba roncamente, y ella no se resistía, se dejaba llevar. Aterrado por la inerte pasividad de la princesa, la soltó mientras retrocedía. Ella se bamboleó, se pasó la mano por la frente, sonrió de un modo lastimero… y se abrazó a su cuello.