La krakatita
La krakatita Se hizo el silencio. Prokop se sentía atrapado y manoseado sin miramientos por cincuenta pares de ojos. Como si estuviera soñando, subió al podio y, sin ver nada, echó un vistazo a la habitación llena de humo.
—Krakatita, Krakatita. —Abajo se oía un zumbido que fue aumentando para convertirse en un grito—: ¡Krakatita! ¡Krakatita! ¡Krakatita!
De pie ante Prokop, una muchacha encantadoramente desgreñada le daba la mano:
—¡Salud, camarada!
Un breve pero caluroso apretón de manos, un ardor en los ojos que lo prometía todo; pero ya había allí otras veinte manos más: toscas, firmes y consumidas por el ardor, de una fría humedad y espirituales. Prokop se sentía atrapado en una cadena de manos que se lo iban pasando y apropiándose de él. «¡Krakatita, Krakatita!».
El anciano quisquilloso tocaba la campana como loco. Como aquello no ayudaba en absoluto, se abalanzó sobre Prokop y zarandeó su mano; tenía una mano consumida y enjuta, como de pergamino, y tras sus gafillas de zapatero resplandecía una enorme alegría. La multitud rugió de emoción y se calmó.