La krakatita

La krakatita

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—¡Silencio! —los acalló Daimon—. Y sus palabras tienen un peso aún mayor en tanto que son respaldadas por el poder efectivo de producir esa explosión. El camarada Krakatita no es un hombre de palabras, sino de hechos. Ha venido para encomendarnos la acción directa. Yo os digo que será algo más espantoso que cualquier cosa que nadie haya osado soñar. Y estallará hoy, mañana, dentro de una semana…

Sus palabras fueron eclipsadas por una barahúnda indescriptible. Una oleada de gente se arrastró de los bancos al podio y rodeó a Prokop. Lo abrazaban, le tiraban de los brazos sin parar de gritar: «¡Krakatita! ¡Krakatita!». La hermosa muchacha de pelo suelto luchaba salvajemente para abrirse paso a través de la maraña de gente. Lanzada hacia delante por los empujones, pegó su pecho a Prokop. Éste intentó apartarla, pero ella lo abrazó y susurró unas palabras febriles en una lengua extranjera. Mientras tanto, en el borde del podio, el hombre de gafas explicaba despacio y en voz baja a los asientos vacíos que teóricamente no era admisible hacer deducciones sociológicas a partir de la naturaleza inorgánica. «¡Krakatita! ¡Krakatita!», rugía la multitud. Todos estaban de pie; Mazaud agitaba la campana como si fuera el pregonero; y de repente se encaramó a la tarima un joven de pelo negro que, muy alto, por encima de todos, empezó a agitar en sus manos, levantadas, la caja de krakatita.


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