La krakatita

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—¡Silencio! —gritó— ¡Y todos abajo! ¡O la arrojaré a vuestros pies!

De golpe se hizo el silencio; el tropel se bajó del podio deslizándose y comenzó a retroceder. En lo alto permanecieron tan sólo Mazaud, con la campana en la mano, confuso e indeciso, Daimon, apoyado contra la pizarra, y Prokop, del que colgaba todavía aquella ménade de cabello oscuro.

—Rosso —se oyeron algunas voces—. ¡Abatidlo! ¡Rosso, abajo!

El joven en lo alto de la tarima los recorrió con una mirada que llameaba salvaje.

—¡Que nadie se mueva! Mezierski quiere dispararme. La voy a lanzar —bramó, y empezó a dar vueltas a la caja.

La multitud retrocedía gruñendo como fieras irritadas. Dos o tres personas levantaron los brazos, otros siguieron su ejemplo. Hubo un momento de silencio opresivo.

—Baja de ahí —rompió a gritar el anciano Mazaud—. ¿Quién te ha cedido la palabra?

—Voy a lanzarla —amenazó Rosso, tenso como un arco.

—Esto va contra el reglamento —se enfureció Mazaud—. Protesto y… renuncio al cargo de presidente.— Arrojó la campana al suelo y descendió del podio.

—Bravo, Mazaud —se oyó una voz irónica.


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