La krakatita
La krakatita —Dar órdenes puede hacerlo cualquiera —dijo Rosso de un modo escalofriante—. Mientras yo tenga esto en mis manos, las órdenes las daré yo. Me da igual si salgo de aquà o no. ¡Nadie puede salir de aquÃ! ¡Galeasso, vigila la puerta! AsÃ, ahora vamos a charlar un rato.
—SÃ, ahora vamos a charlar un rato —se oyó decir a Daimon con acritud.
Rosso se volvió hacia él a la velocidad del rayo, pero en aquel instante se abalanzó sobre él desde los bancos el gigante de ojos azules, con la cabeza inclinada como un carnero; y antes de que Rosso pudiera darse la vuelta, lo agarró de las piernas y lo hizo caer. Rosso cayó volando cabeza abajo de la cátedra. En medio de un silencio espeluznante se pudo oÃr el golpe y el crujido de la cabeza al caer sobre el entarimado. La tapa de la caja de porcelana cayó rodando del podio y se coló bajo los bancos.
Prokop se precipitó sobre aquel cuerpo sin vida; en el pecho de Rosso, en su rostro, por el suelo, en los charcos de sangre, por todas partes estaba esparcido el polvillo blanco de la krakatita. Daimon lo retuvo. Entonces se desató un griterÃo y unas cuantas personas corrieron hasta el podio.