La krakatita

La krakatita

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—¡No pisen la krakatita, explotará! —ordenó un hombre desgañitado; pero aquellas personas ya se habían arrojado al suelo y recogían el polvo blanco en cajas de cerillas, se peleaban, se revolvían en una amalgama sobre el suelo.

—¡Atranquen la puerta! —gritó alguien.

La luz se apagó. En ese momento Daimon abrió de una patada la puerta que había tras la pizarra y arrastró a Prokop hacia la oscuridad.

Encendió una linterna de bolsillo. Aquello era un cuchitril sin ventanas: mesas amontonadas unas encima de otras, posavasos para las cervezas, ropas mohosas. Rápidamente arrastró a Prokop hacia delante: el acre agujero negro del pasillo, unas escaleras estrechas y oscuras que descendían. En las escaleras les dio alcance la muchacha desgreñada. «Voy con vosotros», susurró mientras clavaba los dedos en el brazo de Prokop.

Daimon salió a un patio, haciendo oscilar ante él un círculo de luz; la oscuridad era abisal. Abatió la portilla de la entrada y corrió a toda prisa hacia la carretera; y antes de que Prokop alcanzara el coche, mientras intentaba desembarazarse de la joven, el motor ya runruneaba y Daimon estaba de un salto frente al volante.

—¡Rápido!


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