La krakatita
La krakatita Prokop se adhirió literalmente a la ventanita. Vio un castillo espléndido con gráciles cúpulas, altas palmeras y un surtidor azul. Una figurilla diminuta con una pluma en el turbante, una chaqueta color escarlata, unos pantalones bombachos amarillos y un sable tártaro saludaba con una inclinación hasta el suelo a una dama con un vestido blanco, que llevaba de las bridas a un caballo que piafaba.
—¿Dónde… dónde está Zahur? —murmuró Prokop.
El viejecito se encogió de hombros.
—Por ahÃ, en algún sitio —dijo ambiguamente—, en el lugar más hermoso. Algunos lo encuentran y otros no. ¿Sigo girando?
—TodavÃa no.
El anciano ahuecó el ala algo más allá y acarició un anca al caballo.
—Espera, sÃsÃsà espera —explicaba en voz baja—. Tenemos que mostrárselo, ¿sabes? Para que se ponga contento.