La krakatita
La krakatita —Tú quieres ver demasiado. Tendrás que vivir durante mucho tiempo. —Apagó de un soplo la lamparita de la mirilla y, hablando entre dientes despacio, tiró de la lona—. Siéntate en el pescante, nos vamos. —Retiró el saco con el que estaba tapado el caballito y se lo colocó a Prokop en los hombros—. Para que no tengas frÃo —dijo al sentarse junto a él; cogió las riendas y silbó bajito. El caballito avanzó a un trote moderado—. ¡JÃa! SÃsà rocÃn —canturreó el abuelo.
Iba pasando una avenida de álamos y serbales, cabañas cubiertas por una colcha de niebla, un paraje durmiente y tranquilo.
—Abuelo —se le escapó a Prokop—, ¿por qué me ha ocurrido todo esto?
—¿Cómo?
—¿Por qué me han ocurrido tantas cosas?
El anciano reflexionó.
—Sólo lo parece —dijo finalmente—. Lo que uno se encuentra proviene de su propio interior. Simplemente se desenrolla fuera de ti como un ovillo.
—Eso no es verdad —protestó Prokop—. ¿Por qué me topé con la princesa? Abuelo, usted… usted quizás me conoce. Pero si yo estaba buscando… a la otra, ¿no? Y sin embargo, ocurrió. ¿Por qué? ¡DÃgamelo!