Nada
Nada —Encantado de recibirlas en nuestro modesto hogar —dijo, inclinándose ligeramente, su tono impecable, pero con una burla apenas perceptible.
Andrea observaba desde la sombra, como una espectadora impotente en una tragedia que ya no podía detener. La conversación giró en torno a banalidades hasta que, sin previo aviso, la madre de Ena mencionó algo que dejó a todos congelados.
—¿Sabías que Román y mi marido se conocieron hace años? —dijo, dirigiéndose a Ena, pero asegurándose de que todos en la habitación escucharan.
Ena levantó la vista, sorprendida. Andrea sintió que el aire se espesaba.
—¿En serio? —preguntó Ena, su voz cargada de una curiosidad inocente.
Román sonrió, pero era la sonrisa de un depredador atrapado en su propia red.
—Sí, en circunstancias... interesantes —respondió, su mirada fija en la madre de Ena.
La abuela, que hasta ese momento había permanecido en silencio, soltó un leve gemido, como si ese comentario hubiera desenterrado algo que debía permanecer enterrado. Andrea vio el pánico en sus ojos y supo que ese encuentro no era casual. Había una historia compartida, oscura y peligrosa, que estaba saliendo a la superficie.