Nada
Nada Esa noche, después de que Ena y su madre se marcharan, la casa estalló. Román y Angustias discutieron violentamente en el salón. Los gritos llenaron cada rincón, y Andrea, escondida en la penumbra, escuchó fragmentos que confirmaron sus temores.
—¡No puedes seguir jugando con fuego, Román! —gritó Angustias, su voz temblando de furia.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —respondió él, su tono frío como el acero—. Esto ya no se trata de ti. Ni siquiera de esta casa. Es algo mucho más grande.
Angustias se quedó en silencio, pero Andrea no podía quedarse callada más tiempo. Entró en el salón, sintiendo que su cuerpo temblaba, pero con la necesidad de enfrentar a su tío.
—¿Qué estás haciendo, Román? —preguntó, su voz firme a pesar del miedo que sentía.
Él la miró, sorprendido pero divertido.
—¿Qué crees que estoy haciendo, sobrina?
Andrea dio un paso hacia él.
—Estás manipulando a Ena. Y a todos nosotros. Pero ¿por qué? ¿Qué ganas con esto?
Román no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó al piano y comenzó a tocar una melodía lenta y tensa, cada nota como un latido pesado.
—A veces, Andrea, no se trata de ganar. Se trata de recordar quién tiene el control.