Nada
Nada Andrea lo dejó ahÃ, con su cigarrillo y su silencio, y subió a su habitación. Pero no podÃa escapar de las palabras de Román ni del peso de lo que habÃa sucedido. Esa noche, miró por la ventana hacia la calle vacÃa, preguntándose si Ena alguna vez la perdonarÃa por no haber hecho más para protegerla.
Al dÃa siguiente, Ena no apareció en la universidad. Andrea fue a buscarla a su casa, pero la madre de Ena le dijo, con una frialdad que le heló el alma:
—No creo que sea buena idea que vuelvas a verla. Es mejor asÃ, para ambas.
Andrea regresó a Aribau sintiéndose más sola que nunca. En la casa, las cosas no eran diferentes. Gloria y Juan apenas se hablaban, y la abuela parecÃa más frágil, como si estuviera desapareciendo lentamente. Solo Román seguÃa igual, tocando el piano en las noches, como si nada hubiera cambiado.
Pero Andrea sabÃa que algo habÃa cambiado, dentro de ella. HabÃa llegado a Barcelona con sueños de libertad, de descubrimiento, pero ahora se sentÃa atrapada, cargando un peso que no era suyo. Una tarde, mientras caminaba por las calles vacÃas de la ciudad, se dio cuenta de que la única forma de sobrevivir era irse. Dejar atrás la casa, la familia, todo.