Nada
Nada Esa noche, empacó sus cosas en silencio. Antes de salir, se detuvo frente a la puerta de la habitación de Román. Quiso decirle algo, cualquier cosa, pero no encontró las palabras. Al final, simplemente se fue.
En el tren de regreso, mientras la ciudad desaparecía en el horizonte, Andrea cerró los ojos. El vacío que sentía era abrumador, pero también había algo más. Una chispa de esperanza, tal vez. Porque aunque no sabía qué le esperaba más allá de Barcelona, sabía que, por primera vez en mucho tiempo, el destino estaba en sus manos.