A traves del espejo
A traves del espejo -Desde luego que sà -dijo Alicia-y a lo que me pareció, no habrÃa menos de varios miles.
-Cuatro mil doscientos siete, para ser exactos -aclaró el Rey consultando sus notas-y no pude enviar a todos los caballos, como comprenderás, porque dos de ellos han de permanecer al menos jugando la partida. Tampoco he enviado a los dos mensajeros. Ambos se han marchado a la ciudad. Mira por el camino y dime, ¿alcanzas a ver a alguno de los dos?
-No..., a nadie -declaró Alicia. -¡Cómo me gustarÃa a mà tener tanta vista! -exclamó quejumbroso el Rey-. ¡Ser capaz de ver a Nadie! ¡Y a esa distancia! ¡Vamos, como que yo, y con esta luz, ya hago bastante viendo a alguien!
Pero Alicia no se enteró de nada de todo esto pues seguÃa mirando con atención a lo lejos por el camino, protegiéndose los ojos con la mano. --¿Ahora sà que veo a alguien! -exclamó por fin-pero viene muy despacio..., ¡qué posturas más raras! -pues el mensajero no hacÃa más que dar botes de un lado a otro y se retorcÃa como una anguila a medida que avanzaba, extendiendo sus manazas a ambos lados como si fuesen abanicos.
-Nada de raras -explicó el Rey. -Es que es un mensajero anglosajón..., y lo que pasa es que adopta actitudes anglosajonas. Eso sólo le ocurre cuando está contento. Se llama Haigha -nombre que pronunciaba como si se escribiera Je-ja.