Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Ni yo —dijo la Liebre de Marzo.

Alicia suspiró, aburrida.

—Creo que podrían emplear mejor el tiempo —dijo—, y no perderlo en acertijos sin solución.

—Si conocieras al Tiempo como yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de emplearlo o perderlo. Él es muy suyo.

—No entiendo lo que quiere decir —dijo Alicia.

—¡Por supuesto que no! —dijo el Sombrerero, sacudiendo altivamente la cabeza—. ¡Me atrevería a decir que ni siquiera le has dirigido la palabra!

—Tal vez no —repuso con prudencia Alicia—, pero en las clases de música me enseñaban a marcar el tiempo.

—¡Ah! ¡Eso lo explica todo! —dijo el Sombrerero—. El Tiempo no soporta que lo marquen ni que lo clasifiquen. En cambio, si estuvieras con él en buenos tratos, haría casi todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, imagínate que fueran las ocho de la mañana, justo antes de empezar la clase: bastaría una simple insinuación tuya, ¡y el reloj giraría en un santiamén! ¡La una y media: hora de comer!

(«¡Ojalá fuera verdad!», murmuró la Liebre de Marzo para sus adentros.)

—Sería realmente magnífico —dijo pensativamente Alicia—, pero entonces no tendría hambre.


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