Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Me parece que no juegan ni un poco limpio —empezó Alicia en tono quejumbroso—, y se pelean de un modo tan terrible que no hay quien se entienda, y no parece que haya reglas ningunas… Y, si las hay, nadie hace caso de ellas… Y no puedes imaginar qué lÃo es el que las cosas estén vivas. Por ejemplo, allà va el aro que me tocaba jugar ahora, ¡justo al otro lado del campo! ¡Y le hubiera dado ahora mismo al erizo de la Reina, pero se largó cuando vio que se acercaba el mÃo!
—¿Qué te parece la Reina? —dijo el Gato en voz baja.
—No me gusta nada —dijo Alicia. Es tan exagerada…— En este momento, Alicia advirtió que la Reina estaba justo detrás de ella, escuchando lo que decÃa, de modo que siguió—: … tan exageradamente dada a ganar, que no merece la pena terminar la partida.
La Reina sonrió y reanudó su camino.
—¿Con quién estás hablando? —preguntó el Rey, acercándose a Alicia y mirando la cabeza del Gato con gran curiosidad.
—Es un amigo mÃo… un Gato de Cheshire —dijo Alicia—. Permita que se lo presente.
—No me gusta ni pizca su aspecto —aseguró el Rey—. Sin embargo, puede besar mi mano si asà lo desea.
—Prefiero no hacerlo —confesó el Gato.
—No seas impertinente —dijo el Rey—, ¡Y no me mires de esta manera!