Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas —Bueno, el hecho es, señorita, que aquí tenía que figurar un rosal rojo, y nosotros plantamos uno blanco por equivocación. Y resulta que si lo descubre la Reina, nos hará cortar la cabeza. Así que, ya ve, señorita, hacemos lo posible, antes de que venga, para…
En ese momento, Cinco, que había estado vigilando ansiosamente por el jardín, gritó: «¡La Reina! ¡La Reina!», y al instante, los tres jardineros, tan planos como eran, se echaron al suelo boca abajo. Se oyó el sonar de muchos pasos, y Alicia miró a su alrededor, ansiosa por ver a la Reina.
Primero llegaron diez soldados, cargados de bastos: tenían la misma forma que los tres jardineros, plana y rectangular, con las manos y los pies en los ángulos; luego venían los diez cortesanos, todos adornados de diamantes, y caminaban de dos en dos, como los soldados. Seguían los Infantes: eran diez en total y era encantador verlos venir cogidos de la mano, en parejas, dando alegres saltos; estaban adornados con corazones. Seguidamente llegaron los invitados, la mayoría reyes y reinas, entre los cuales Alicia reconoció al Conejo Blanco: hablaba de modo nervioso y rápido, sonriendo a todo el mundo, y pasó de largo sin reparar en Alicia. Luego seguía la Sota de Corazones, que llevaba la corona del Rey sobre un cojín de terciopelo carmesí, y cerrando la comitiva, EL REY Y LA REINA DE CORAZONES.