Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas «Cuando yo sea Duquesa —se dijo, aunque sin mucha esperanza—, no habrá en mi cocina ni asomo de pimienta. La sopa queda muy sustanciosa sin ella… Quizá sea la pimienta lo que pone siempre a las personas tan acaloradas —añadió muy satisfecha de haber descubierto una nueva regla—, y el vinagre tan agrias, y la manzanilla tan amargas… y tal vez sea el azúcar y otras golosinas por el estilo lo que vuelve tan dulces a los niños. Ojalá se enterara de todo esto la gente: no serÃa entonces tan tacaña…»
HabÃa olvidado por completo a la Duquesa y se sobresaltó un poco al oÃr que le susurraba al oÃdo:
—Estás pensando en algo, querida, y eso hace que te olvides de hablar. Ahora mismo no podrÃa decirte cuál es la moraleja de esto, pero enseguida me acordaré.
—Puede que no haya moraleja —se atrevió a observar Alicia.
—¡Tate, tate! —dijo la Duquesa—. No hay cosa sin moraleja; solo se precisa dar con ella. —Y se apretó aún más contra Alicia mientras hablaba.
A Alicia no le gustaba tenerla tan pegada: primero, porque la Duquesa era feÃsima; y segundo, porque su altura era la justa para que apoyara la barbilla sobre el hombro de Alicia, y era una barbilla desagradablemente puntiaguda. Sin embargo, no querÃa ser grosera: asà que la soportó como pudo.
—El juego marcha ahora mejor, ¿no? —dijo Alicia, por mantener algo viva la conversación.