Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Asà es —dijo la Duquesa—, y la moraleja de eso es: «¡Ah, el amor, el amor, pone en marcha el mundo!».
—Alguien dijo —susurró Alicia— «¡que marcharÃa mejor si cada cual se ocupara de sus propios asuntos!».
—¡Ah, bueno! Viene a ser lo mismo —dijo la Duquesa, hundiendo su puntiaguda barbilla en el hombro de Alicia, y añadió—: y la moraleja de esto es: «Tú cuida el sentido, y los sonidos ya cuidarán de sà mismos».
«¡Qué manÃa de sacar moraleja a las cosas!», pensó Alicia.
—Me atreverÃa a decir que te estás preguntando por qué no te paso el brazo por la cintura —dijo, tras una pausa, la Duquesa—. La razón es que desconfÃo del carácter de tu flamenco. ¿Hago la prueba?
—Es capaz de picarla —repuso Alicia con cautela, que no tenÃa precisamente ganas de que hiciera la prueba.
—Muy cierto —dijo la Duquesa—: pica el flamenco y pica la mostaza. Y la moraleja de esto es: «Aves de igual pluma, vuelan a una».
—Solo que la mostaza no es un ave —observó Alicia.
—Cierto, como siempre —dijo la Duquesa—. ¡Qué claridad meridiana la tuya!
—Es un mineral, me parece —dijo Alicia.