Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Y se marchó, dejando a Alicia sola con el Grifo. A Alicia no le atraía nada su aspecto, pero pensó que, de todas formas, no era más peligroso quedarse en compañía del animal que ir con la salvaje de la Reina, así que esperó.

El Grifo se levantó y se frotó los ojos; luego observó a la Reina hasta verla desaparecer y, finalmente, soltó una risita.

—¡Qué divertido! —dijo el Grifo, mitad a sí mismo, mitad a Alicia.

—¿Qué es lo divertido? —dijo Alicia.

—Ella —dijo el Grifo—. Todo es pura imaginación suya: aquí, ya sabes, nunca se ejecuta a nadie. ¡Ven!

«Aquí todo el mundo dice “¡Ven!” —pensó Alicia mientras lo seguía lentamente—: ¡Nunca en mi vida he recibido tantas órdenes, nunca!»

Al cabo de un rato, vieron a distancia a la Falsa Tortuga, muy triste y sola, sentada sobre una roca, y en cuanto se acercaron, Alicia la oyó suspirar —como si se le partiera el corazón— y la compadeció profundamente.

—¿Cuál es su pena? —preguntó al Grifo.

Y este le contestó casi en los mismos términos que antes:

—Pura imaginación: no tiene pena alguna. ¡Ven!

Al llegar ante la Falsa Tortuga, esta los miró con grandes ojos llenos de lágrimas, pero sin decir nada.


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