Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Aquà esta señorita —dijo el Grifo— quiere conocer tu historia.
—Se la contaré —dijo la Falsa Tortuga con voz profunda y lúgubre—. Sentaos y no digáis ni una sola palabra hasta que termine.
Asà que se sentaron y, durante algunos minutos, nadie habló. «No entiendo cómo puede terminar una historia que nunca empieza», pensó Alicia. Pero aguardó pacientemente.
—En otro tiempo —dijo al fin, con un profundo suspiro, la Falsa Tortuga— yo fui una verdadera Tortuga.
Siguió a estas palabras un silencio muy prolongado, apenas quebrado por algún que otro «Hjckrrh» del Grifo y el continuo y patético sollozar de la Falsa Tortuga. Alicia estaba dispuesta a levantarse y decir: «Gracias, señora, por su interesante historia», pero no pudo dejar de pensar que algo más iba a decir la Tortuga, asà que permaneció sentada y sin decir nada.
—De pequeñas —prosiguió al fin la Falsa Tortuga con voz más serena, aunque todavÃa de vez en cuando sollozante— Ãbamos a la escuela, en el mar. La maestra era una vieja Tortuga a la que llamábamos Tortura…
—¿Por qué la llamaban Tortura si no se llamaba as� —preguntó Alicia.
—La llamábamos Tortura —dijo enojada la Falsa Tortuga— porque era tortuosa; más que enseñar, se ensañaba con nosotras. ¡Realmente eres bien tonta!