Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Quítate tu sombrero —ordenó el Rey al Sombrerero.

—No es mío, Majestad —dijo el Sombrero.

—¡Sombrero robado! —exclamó el Rey, volviéndose hacia los miembros del jurado, que inmediatamente tomaron nota del hecho.

—Los tengo para vender —añadió el Sombrerero como explicación—. Ninguno es mío. Soy sombrerero.

Al llegar a este punto, la Reina se caló los anteojos y empezó a examinar severamente al Sombrerero, que se puso pálido y se echó a temblar.

—Di lo que tengas que declarar —exigió el Rey—, y no te pongas nervioso, o te hago ejecutar en el acto.

Esto no pareció animar al testigo en absoluto: se apoyaba ora sobre un pie ora sobre el otro, miraba inquieto a la Reina, y era tal su confusión que dio un tremendo mordisco a la taza de té creyendo que se trataba del pan con mantequilla.

En este preciso momento Alicia experimentó una sensación muy extraña, que la desconcertó terriblemente hasta que comprendió lo que era: había vuelto a empezar a crecer. Al principio pensó que debía levantarse y abandonar la sala, pero lo pensó mejor y decidió quedarse donde estaba mientras su tamaño se lo permitiera.


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