Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Cuando llegaron, el Rey y la Reina de Corazones ya estaban sentados en sus tronos. Los rodeaba una gran multitud compuesta por toda clase de pajaritos y bestias y el mazo entero de la baraja. La Sota, de pie ante ellos, estaba encadenada, y un soldado a cada lado la custodiaba. Cerca del Rey estaba el Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un rollo de pergamino en la otra. En el centro mismo de la sala había una mesa y, sobre ella, una gran bandeja de tartas: se veían tan apetitosas que a Alicia, al mirarlas, se le hacía la boca agua. «¡Ojalá acabe el juicio y empiece el piscolabis!», pensó. Pero como parecía improbable que esto sucediera, se puso a examinar todo el lugar, simplemente por pasar el rato.
Alicia nunca había estado en un tribunal de justicia, pero algo había leído en los libros y se sentía encantada al comprobar que sabía el nombre de casi todo lo que había allí. «Este, por su gran peluca —se dijo—, debe de ser el juez.»
El juez, dicho sea de paso, era el Rey; y como llevaba la corona encajada sobre la peluca (si queréis ver su aspecto, mirad la primera ilustración del libro), no parecía nada cómodo y no estaba precisamente muy favorecido.