Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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«Y ese es el estrado del jurado —pensó Alicia—, y esas doce criaturas —(si recurrió a tan vaga denominación es porque había de todo, con predominio de pájaros y bestias)— serán los ponentes del jurado.» No sin orgullo, repitió para sí esta última expresión dos o tres veces, pues creía, y con razón, que muy pocas niñas de su edad comprendían su significado. (Sin embargo, también habría podido decir, más simplemente, los «jurados».)

Los doce jurados iban anotando todo, febrilmente, en sus pizarras.

—¿Qué hacen? —susurró Alicia al Grifo—. No hay nada que anotar: si ni siquiera ha empezado el juicio.

—Anotan sus nombres —repuso con otro susurro el Grifo— por miedo de que se les olvide antes de terminar el juicio.

—¡Qué estúpido! —empezó a decir Alicia, con voz fuerte e indignada, pero enseguida se detuvo, al grito del Conejo Blanco:

—¡Silencio en la sala! —Y el Rey se caló los anteojos y lanzó una inquieta mirada alrededor para averiguar quién había hablado.

Alicia pudo ver, como si mirara por encima de los hombros de los jurados, que estos anotaban «¡Qué estúpidos!» en sus pizarras, y aún pudo comprobar que uno de ellos, por no saber deletrear «estúpidos», se lo consultaba a su vecino. «¡Qué lío van a armar en sus pizarras antes de que concluya el juicio!», pensó Alicia.


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