Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Entonces la Reina se caló sus anteojos y empezó a mirar fijamente al Sombrerero, que palideció y se puso a temblar.
—Presta declaración —dijo el Rey—, y no te pongas nervioso o te haré ejecutar en el acto.
Esto de ningún modo pareció animar al testigo, que se movÃa de un lado a otro sobre ambos pies, mirando con desasosiego a la Reina, y en su confusión, mordió un cacho de taza en lugar del pan con mantequilla.
Fue entonces cuando Alicia experimentó una sensación muy extraña, que no poco la desconcertó hasta que se dio cuenta de lo que era: otra vez empezaba a crecer. Pensó al principio que lo mejor serÃa levantarse y abandonar la sala, pero cambió de parecer y decidió quedarse donde estaba, mientras hubiera un mÃnimo de espacio.
—No me gusta que me opriman tanto —dijo el Lirón, que estaba sentado a su lado—: casi no puedo respirar.
—No puedo remediarlo —dijo humildemente Alicia—; estoy creciendo.
—No tienes derecho a crecer aquà —dijo el Lirón.
—No digas tonterÃas —dijo, con más decisión, Alicia—: también tú estás creciendo, bien lo sabes.
—SÃ, pero yo crezco a un ritmo razonable —dijo el Lirón—, no de ese modo. —Y enojado, se levantó y se marchó al otro lado de la sala.