Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡AquÃ! —exclamó Alicia, olvidando del todo, con la emoción del momento, cuánto habÃa crecido en los últimos minutos, y se levantó tan precipitadamente que con el borde de la falda volcó estrado y jurados, lanzando a todos estos sobre las cabezas de la multitud que habÃa debajo. Al verlos allÃ, esparcidos por el suelo, Alicia no pudo menos que recordar la pecera de dorados peces que la semana anterior se le habÃa volcado accidentalmente.
—¡Ay, cuánto lo siento! —exclamó consternada, y se puso a recogerlos con la mayor rapidez posible, pues el accidente de los peces dorados aún le rondaba la cabeza y tenÃa la vaga impresión de que, si no los volvÃa a colocar inmediatamente en el estrado, se morirÃan.
—El juicio no puede continuar —dijo el Rey con voz muy grave— en tanto no vuelvan a sus respectivos puestos todos los miembros del jurado…, todos —repitió con gran énfasis, mientras miraba severamente a Alicia.
Alicia miró hacia el estrado y vio que, con las prisas, habÃa puesto cabeza abajo a la Lagartija: el pobrecito Bill agitaba melancólicamente la cola de un lado a otro, incapaz de enderezarse por su cuenta. Inmediatamente lo sacó y le dio la vuelta, «aunque no importa mucho —se dijo—, pues me parece que, para el juicio, lo mismo da que esté del derecho que del revés».