Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡En efecto, ahà están! —dijo triunfante el Rey, señalando las tartas sobre la mesa—. Nada puede ser más claro que esto. Después dice: antes que ella tuviera aquel acceso… Que yo sepa, querida, tú nunca has tenido accesos de ira —dijo a la Reina.
—¡Nunca! —dijo la Reina, arrojando con furia un tintero a la Lagartija. (El infortunado Bill habÃa dejado de escribir en la pizarra, al comprobar que el dedo no dejaba marca alguna; pero ahora, con la tinta que le chorreaba por la cara, reemprendió su labor hasta que aquella se le consumió.)
—Por tanto, la palabra «acceso» no tiene que ver contigo y su uso en el poema es totalmente accesorio —dijo el Rey, mirando con arrogante sonrisa a todo el público. Hubo un silencio mortal.
—¡Es un juego de palabras! —añadió en tono airado el Rey, y todos rieron—. Que el jurado considere su veredicto —concluyó por vigésima vez en ese dÃa.
—¡No, no! —dijo la Reina—. Primero la sentencia, el veredicto después.
—¡Pero qué insensatez! —dijo en voz alta Alicia—. ¿A quién se le ocurre dictar primero la sentencia?
—¡Cierra la boca! —gritó la Reina, roja de ira.
—¡Pues no lo haré! —dijo Alicia.
—¡Que le corten la cabeza! —chilló a pleno pulmón la Reina. Nadie se movió.