Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¿Quién les va a hacer caso? —dijo Alicia, que por entonces ya habÃa recuperado su estatura normal—. ¡Si no son más que un mazo de cartas!
En aquel instante, todas las cartas volaron por los aires y cayeron sobre ella. Alicia lanzó un gritito, mitad de miedo y mitad de indignación. Trató de rechazarlas y se encontró de nuevo tumbada en la orilla del rÃo, con la cabeza en el regazo de su hermana, que dulcemente le apartaba unas hojas secas que habÃan ido a caer sobre su cara.
—¡Despierta, Alicia, cariño! —dijo su hermana—. ¡Vaya si has llegado a dormir!
—¡Oh, si vieras qué sueño más curioso he tenido! —dijo Alicia. Y le contó a su hermana todo lo que pudo recordar de las extrañas aventuras que acabáis de leer. Al concluir el relato, su hermana le dio un beso y dijo:
—Realmente, cariño, ha sido un sueño curioso, pero ahora, ve a tomar el té; se hace tarde.
Y Alicia se levantó y echó a correr, pensando, mientras corrÃa, en lo maravilloso que habÃa sido su sueño.
Pero su hermana se quedó sentada, tal como Alicia la habÃa dejado: con la cabeza reclinada sobre una mano, contemplaba la puesta de sol y pensaba en la pequeña Alicia y en todas sus maravillosas aventuras, hasta que también ella empezó a soñar a su manera, y este fue el sueño que tuvo.