Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Se dirÃa que todo está trazado como si fuera un enorme tablero de ajedrez —dijo al fin Alicia—. Lo lógico es que hubiera figuras que se desplazasen por… ¡Ahà están! —añadió con alborozo, y el corazón empezó a latirle cada vez con más fuerza—. Están jugando una descomunal partida de ajedrez… a escala mundial…, bueno, si esto es realmente el mundo… ¡Oh, qué divertido! ¡Cuánto me gustarÃa jugar a mà también! No me importarÃa ser un triste peón, con tal de poder participar, aunque, bien pensado, si pudiera ser reina, mejor.
Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, la cual, sin embargo, le contestó afablemente, con una sonrisa:
—Eso es fácil de arreglar. Si quieres, puedes ser el Peón de la Reina Blanca, pues Lirio es todavÃa demasiado niña para jugar. Asà que ahora empezarás a jugar en la segunda casilla y, cuando llegues a la octava, serás reina… —Y en aquel preciso instante, sin saber muy bien cómo, se pusieron a correr.
Cuando más tarde lo rememoró, Alicia no podÃa explicarse bien del todo cómo fue que empezaron a correr: todo lo que recordaba era que corrÃan cogidas de la mano y que la Reina iba tan rápida que ella a duras penas podÃa seguirla. Pero la Reina continuaba gritándole: «¡Deprisa, más deprisa!», y Alicia sentÃa que no podÃa más, aunque le faltase aliento para decÃrselo.