Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Lo siento, pero no tengo billete —dijo, en tono asustado, Alicia—. No habÃa taquilla en la estación de donde vengo. —Y de nuevo repitió el coro de voces: «No habÃa taquilla en la estación de donde viene. ¡Que allà el terreno cuesta mil libras por centÃmetro cuadrado!».
—No hay excusa que valga —dijo el inspector—. DebÃas haber comprado el billete al conductor. —Y el coro de voces añadió: «Al hombre que conduce la locomotora. ¡Que hasta el humo cuesta mil libras por cada bocanada!».
Alicia pensó: «No vale la pena hablar en estas condiciones». Y esta vez, puesto que no habÃa dicho nada, las voces no corearon sus palabras, pero, con gran sorpresa de Alicia, todas se pusieron a pensar a coro (¡ojalá entendáis lo que significa «pensar a coro»! Confieso que yo no):
—Mejor no decir nada. ¡Que el lenguaje cuesta a mil libras por palabra!
«¡Esta noche, ya lo veo, voy a soñar con las dichosas mil libras!», pensó Alicia.