Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Un chivo, que estaba sentado junto al caballero de blanco, cerró los ojos y dijo en voz altisonante:
—Debería saber al menos el camino que conduce a la taquilla, ¡aun si no sabe ni siquiera el alfabeto!
Al lado del chivo estaba sentado un escarabajo (pues era un extraño vagón repleto de pasajeros) y, como la regla parecía exigir que todos hablasen por turno, él fue quien ahora añadió:
—¡Tendrá que volver de aquí como paquete postal!
Alicia no pudo ver quién estaba sentado al otro lado del escarabajo, pero una voz ronca y quebradiza fue la que anunció inmediatamente:
—Cambio de máquina —y, como pendiente de un cabello, se le cortó y quedó muda la voz. «Suena como un caballo», pensó Alicia. Y una voz muy diminuta le susurró al oído:
—Podías probar un juego de palabras… con «cabello» y «caballo».
Entonces se oyó en la lejanía una voz muy dulce que decía: «Habría que rotularla con “Frágil: cristalicia”». Y tras ella otras voces («¡cuánta gente hay en este vagón!», pensó Alicia) prosiguieron: «Que vaya por correo, pues con una mirada tan franca se ahorrará el franqueo…». «Que vaya como un mensaje por telégrafo…» «Que remolque el tren por el resto del trayecto.» Etcétera.