Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Pero el caballero vestido de papel blanco se inclinó hacia ella y le susurró al oÃdo:
—No hagas caso de lo que te digan, pequeña; saca simplemente un billete de ida y vuelta en cada parada.
—¡No lo haré! —le contestó, no sin impaciencia, Alicia—. Hace solo un rato que estaba libre en el bosque y no veo ya sino la hora en que pueda volver. Yo, con este itinerario, no tengo nada que ver…
—PodrÃas hacer con esto un juego de palabras —le dijo, justo al oÃdo, la vocecita—: algo como «No hay itinerario que no horade el horario».
—Deja de fastidiarme —dijo Alicia, intentando inútilmente averiguar de dónde provenÃa la voz—. Si tantas ganas tienes de hacer chistes, ¿por qué no los haces por tu cuenta?
La vocecita lanzó un profundo suspiro. Sin duda se sentÃa muy desgraciada, y Alicia le habrÃa dicho unas palabras de consuelo «¡si al menos suspirase como todo el mundo!», pensó. Era un suspiro tan extraordinariamente imperceptible que, si lo oyó, fue porque venÃa de muy cerca. En consecuencia, le produjo muchas cosquillas al oÃdo y hasta le distrajo del disgusto que le causaba esa pobre y mÃnima criatura.
—Ya sé que eres una persona amiga —prosiguió la vocecita—, una buena amiga, una vieja amiga. Y que no me harás daño, aunque sea un insecto.