Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Y así era, en efecto: ahora solo medía veinticinco centímetros de altura, y se le iluminó el rostro ante el jardín. Antes, sin embargo, aguardó unos minutos para pasar por la puertecita que la conduciría al hermoso jardín. No obstante, esperó unos minutos para ver si seguía achicándose; se sentía un poco nerviosa por ello, pues «podría acabar desapareciendo del todo —pensó—, como una vela, ¿y qué sería de mí entonces?». Trató de imaginarse qué aspecto tiene la llama al apagarse, porque no podía recordar haber visto nunca una cosa semejante.

Al cabo de un rato, viendo que nada nuevo le ocurría, decidió entrar de inmediato en el jardín; pero, ¡ay, pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, se dio cuenta de que había olvidado la llavecita de oro, y al volver a la mesa por ella advirtió que no podía alcanzarla: la veía perfectamente a través del cristal, e intentó trepar por una de las patas de la mesa, pero era demasiado resbaladiza; y agotada de su tentativa, la pobrecita se sentó y se puso a llorar.





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