Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas «¡Ea, de nada sirve llorar asÃ! —se dijo Alicia con bastante entereza—. ¡Te aconsejo que pares ahora mismo!» SolÃa darse muy buenos consejos (aunque pocas veces los pusiera en práctica) y a veces se reprendÃa con tal severidad que hasta le saltaban las lágrimas. Y aún recordaba que en una ocasión trató de darse un cachete por hacer trampas al jugar consigo misma en una partida de croquet, porque esta curiosa niña era muy aficionada a fingir que era dos personas. «¡Pero ahora es inútil pretender ser dos personas! —pensó Alicia—. ¡Si apenas ha quedado de mà lo suficiente para contar una persona entera!»
Poco después descubrió una cajita de cristal que habÃa bajo la mesa: la abrió y halló en ella un minúsculo pastelillo sobre el que se leÃa, bellamente impresa con pasas, la palabra «CÓMEME». «Bueno, lo comeré —dijo Alicia—; si me hace más grande, podré coger la llave, y si me hace más pequeña, podré colarme por debajo de la puerta: asÃ, de un modo u otro, ¡entraré en el jardÃn!»