Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Oh, le ruego que me perdone! —gritó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal—. Olvidé que a usted no le gustan los gatos.
—¡No me gustan los gatos! —exclamó el Ratón en voz aguda y apasionada—. ¿Te gustarÃan a ti los gatos si tú fueses yo?
—Bueno, puede que no —dijo Alicia en tono conciliador—. No se enfade por esto. Y, sin embargo, me gustarÃa poder enseñarle a nuestra gata Dina. BastarÃa que usted la viera para que empezaran a gustarle los gatos. Es tan bonita y tan suave —siguió Alicia, hablando casi para sà misma, mientras nadaba perezosa por el charco—, y ronronea tan dulcemente junto al fuego, lamiéndose las patitas y lavándose la cara… y es tan agradable tenerla en brazos… y es tan hábil cazando ratones… ¡Oh, perdóneme, por favor! —gritó de nuevo Alicia, porque esta vez al Ratón se le habÃan puesto todos los pelos de punta y tenÃa que estar enfadado de veras—. No hablaremos más de Dina, si usted no quiere.
—¡Hablaremos dices! —chilló el Ratón, que estaba temblando hasta la mismÃsima punta de la cola—. ¡Como si yo fuera a hablar de semejante tema! Nuestra familia ha odiado siempre a los gatos: ¡Bichos asquerosos, despreciables, vulgares! ¡Que no vuelva a oÃr yo esta palabra!