Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Pero se zampó las que pudo —dijo Tweedledum.
Esto tenÃa todas las trazas de un enigma.
—¡Bueno! —resolvió Alicia tras una pausa—. Ambos eran unos tipos bien desagradables. —Y se interrumpió, entonces, un poco alarmada, al oÃr lo que le sonó como el bufido de una gran locomotora en un bosque próximo, aunque también dudó si no serÃa una fiera salvaje—. ¿Hay leones o tigres por aquÃ? —preguntó tÃmidamente.
—No es sino el ronquido del Rey Rojo —dijo Tweedledee.
—¡Ven a verlo! —exclamaron los hermanos y, tomando a Alicia cada cual de la mano, la condujeron al lugar donde el Rey dormÃa.
—¿No te parece adorable? —dijo Tweedledum.
Alicia, francamente, no podÃa decir que sÃ. El Rey llevaba un gran gorro rojo de dormir, con una borla en la punta; estaba acurrucado, hecho un ovillo informe, y roncaba ruidosamente «como si le fuera a volar la cabeza», observó Tweedledum.
—No vaya a resfriarse, asà tumbado sobre la hierba húmeda —dijo Alicia, que era una niña muy previsora.
—Ahora está soñando —dijo Tweedledee—. ¿Y en qué crees que sueña?
—¿Quién puede saberlo? —dijo Alicia.