Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¿Me permite que le ponga bien el mantón? —añadió en voz alta.
—No sé qué demonios le pasa al mantón —dijo con voz melancólica la Reina—. Estará de mal humor, supongo. ¡Un imperdible aquÃ, otro allá: no hay modo de contentarlo!
—¿Cómo va a quedar derecho si todos los sujeta por un lado? —dijo Alicia mientras se lo colocaba delicadamente—. ¡Dios mÃo, y en qué estado lleva el pelo!
—¡Es que el cepillo se me ha quedado dentro, enredado! —dijo con un suspiro la Reina—. ¡Y ayer perdà el peine!
Alicia, con mucho trabajo, rescató el cepillo y le arregló el pelo lo mejor que pudo.
—¡Vaya, ahora sà tiene mejor aspecto! —dijo, tras haberle cambiado de sitio la mayor parte de las horquillas—. Francamente, ¡a usted le harÃa falta una doncella!
—Con mucho gusto, de veras, te tomarÃa a mi servicio —dijo la Reina—. A diez céntimos por semana y mermelada los demás dÃas.
Alicia soltó la risa.
—No quiero que me contraten —dijo— y, además, no me gusta mucho la mermelada.
—Es una mermelada muy buena —insistió la Reina.
—Bueno, en todo caso, hoy no me apetece.