Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Me alegro mucho de poder serle útil —dijo Alicia, mientras la ayudaba a ponerse otra vez el mantón.
La Reina Blanca la miró con una expresión de apuro y susto y, en voz muy baja, se puso a repetir algo que sonaba como «pan con qué, pan con qué». Alicia comprendió que, a este paso, si no se las ingeniaba por su cuenta, no lograrÃan nunca entablar conversación. Se dispuso, pues, a preguntarle, con tÃmida solemnidad:
—¿Tengo el honor de dirigirme a la Reina insig…?
—No me irás a decir insignificante —cortó la Reina—; no, por este camino no irás a ninguna parte, aunque lo creas divertido. Y, a propósito, de vestido ni hablar: no corresponde en absoluto a lo que yo entiendo por esa palabra.
Alicia pensó que era inútil discutir, si se hacÃa tales lÃos con las palabras, cuando apenas habÃa empezado la conversación; asà que, con una sonrisa, prosiguió:
—Si Su Majestad se dignara advertirme cómo he de empezar…
—¡Pero si solo al vestirme —gimió la pobre Reina— se me han pasado por lo menos dos horas!
«Mejor serÃa —pensó Alicia— que alguien la vistiera, pues va tan terriblemente descompuesta… ¡Todo está fuera de sitio y en el pelo no lleva más que horquillas sueltas!»