Alicia en el PaĂs de las Maravillas
Alicia en el PaĂs de las Maravillas «No soy Ada, estoy segura de que no —dijo—, porque lleva largos tirabuzones en el pelo, y el mĂo en cambio no tiene tirabuzones; y estoy segura de que tampoco soy Mabel, porque yo sĂ© un montĂłn de cosas, y ella…, ¡ella sabe poquĂsimas! Además, ella es ella, y yo soy yo y… ¡Ay, Dios mĂo, quĂ© enrevesado es todo esto! A ver si sĂ© todas las cosas que sabĂa antes. Veamos: cuatro por cinco, doce, y cuatro por seis, trece, y cuatro por siete… ¡Ay, Dios mĂo, a este paso nunca llegarĂ© a veinte! Pero la tabla de multiplicar no significa nada; probemos con la geografĂa. Londres es la capital de ParĂs, ParĂs la capital de Roma, Roma… ¡No, todo eso está mal, seguro! ¡Debo de haberme transformado en Mabel! ProbarĂ© a recitar “¡Ay, el pobre inocente…!”» Y cruzĂł las manos sobre el regazo, como si estuviera diciendo la lecciĂłn, y empezĂł a recitar, pero la voz sonaba ronca y extraña, y las palabras no eran las mismas que solĂan ser:
¡Ay, el pobre inocente cocodrilo,
cĂłmo aprovecha su brillante cola
y derrama las aguas de ola en ola
por sus bellas escamas en el Nilo!
¡Qué alegre estás cuando muestras los dientes,
con qué celeridad abres tus garras
y a los peces saludas y desgarras!