Alicia en el PaĂ­s de las Maravillas

Alicia en el PaĂ­s de las Maravillas

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¡Se cuelan por tus fauces sonrientes!

«Seguro que esta no es la letra exacta —dijo la pobre Alicia, y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas mientras proseguía—: Al final resultará que soy Mabel y voy a tener que ir a vivir a su casucha, y para colmo casi sin juguetes, y ¡ay!, ¡tener siempre lecciones que aprender! No, eso sí que no: ¡si soy Mabel, me quedaré aquí abajo! De nada les va a servir que se pongan cabeza abajo y me digan: “¡Anda, niña, sube!”. Me quedaré mirándolos y les diré: “¿Quién soy yo, primero? Contestadme, y luego, si me gusta ser esa persona, subiré; si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea otra…”. Pero ¡Dios mío! —exclamó Alicia, estallando en lágrimas—. ¡Si al menos comparecieran cabeza abajo! ¡Estoy cansadísima de estar aquí tan sola!»

Al decir esto, se miró las manos y se sorprendió al ver que se había puesto uno de los guantecillos blancos del Conejo, mientras hablaba. «¿Cómo he podido hacerlo? —pensó—. Debo de estar achicándome otra vez.» Se levantó y fue a la mesa para medirse por ella; según sus cálculos, medía ahora unos sesenta centímetros de altura y seguía encogiéndose rápidamente. Pronto advirtió que la causa de ello era el abanico que tenía en la mano, y lo arrojó al instante, justo a tiempo de no seguir decreciendo hasta su total extinción.


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