Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas «¡Me libré por los pelos!», dijo Alicia, bastante asustada por tan súbita transformación, pero muy contenta al verse aún viva. «¡Y ahora, al jardín!» Y corrió a toda prisa hacia la puertecita; pero, ¡ay!, esta volvía a estar cerrada y la llavecita de oro había quedado, como antes, sobre la mesa de cristal, «y las cosas van de mal en peor —pensó la pobre niña—, ¡pues nunca, nunca fui tan pequeña como ahora! ¡Realmente horroroso!».
Al decir esto, resbaló y al instante, ¡plaf!, se hundió en agua salada hasta la barbilla. Lo primero que pensó fue que, de algún modo, había caído al mar, «en cuyo caso puedo regresar en tren» (Alicia, que había ido una sola vez a la playa, había llegado a la precipitada conclusión de que, fuera cual fuera el punto de la costa inglesa en que uno se encontrase, siempre podría hallar casetas móviles para bañarse en el mar, niños cavando en la arena con palas de madera, luego una hilera de hoteles y, al final, una estación de ferrocarril). Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el propio mar de lágrimas que había derramado cuando sobrepasaba los dos metros y medio de altura.