Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Se colocaron cerca de Hatta, el otro mensajero, que de pie observaba la lucha; tenÃa este una taza de té en la mano y una rebanada de pan con mantequilla en la otra.
—Acaba de salir de la cárcel y no tuvo tiempo de terminar el té cuando fue arrestado —susurró Haigha, al oÃdo de Alicia—: y como allá dentro solo dan conchas de ostra… por eso tiene tanta hambre y tanta sed. ¿Cómo está mi niño? —añadió, pasando afectuosamente el brazo por el cuello de Hatta.
Hatta se volvió, hizo una señal con la cabeza y siguió comiendo su pan con mantequilla.
—¿Lo pasaste bien en la cárcel? —dijo Haigha.
Hatta se volvió por segunda vez y una o dos lágrimas rodaron por sus mejillas, pero sin articular el menor sonido.
—¡Di algo! ¿O has perdido el habla? —gritó impaciente Haigha. Pero Hatta siguió mascando su alimento y bebiendo té.
—¡Habla de una vez! —le gritó el Rey—. ¿Cómo marcha la pelea?
Con un esfuerzo sobrehumano, Hatta engulló un buen trozo de pan con mantequilla.
—Se portan muy bien los dos —dijo casi ahogándose—: cada cual ha caÃdo ochenta y siete veces.
—Entonces pronto les traerán el pan blanco y el integral, supongo —observó tÃmidamente Alicia.