Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Después de un rato, el ruido decreció gradualmente hasta que al fin se extinguió en un silencio de muerte. Alicia alzó la cabeza un poco alarmada. No se veía un alma y al principio pensó que el León y el Unicornio y los extraños mensajeros anglosajones habían sido producto de su imaginación. Sin embargo, allí estaba, a sus pies, la gran bandeja sobre la cual había intentado cortar la tarta: «Así que, al fin y al cabo, no he estado soñando —se dijo—, a menos que… que todos fuésemos parte del mismo sueño. Y en ese caso, ¡que al menos sea mi sueño y no el del Rey Rojo! No me gustaría pertenecer al sueño de otra persona —prosiguió en tono algo lastimero—: ¡me dan ganas de despertarlo y ver qué pasa!».
En aquel momento, un «¡Eh! ¡Ah! ¡Jaque!», en fuertes gritos, interrumpió sus reflexiones; y un Caballero, vestido de una armadura púrpura, fue al galope hasta ella, blandiendo una enorme maza. En el preciso instante en que la alcanzó, el caballo se detuvo en seco:
—¡Eres mi prisionera! —exclamó el Caballero mientras se desplomaba del caballo.